Bonsái

“Al final ella muere, y él se queda solo. Aunque en realidad se había quedado solo varios años antes de la muerte de ella, de Emilia. Pongamos que ella se llama o se llamaba Emilia y que él se llama, se llamaba, y se sigue llamando Julio. Julio y Emilia. Al final Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura.”

Así comienza Bonsái, libro de Alejandro Zambra, que leí en un día y medio en diciembre del año pasado y por alguna razón hoy vino a mi memoria.  Sí, lo leí en portugués, conseguir literatura en lengua española (que no sea la considerada “clásica”) es algo difícil en Brasil. Igualmente recorrí y sentí sus personajes a flor de piel, como si los estuviese viendo.

Cuando creía que había leído mucho y que los estilos ya no me podían sorprender, me choqué de frente con Zambra. Me encontré con una simplicidad envidiable, con un tejedor de narrativas fluídas que me llevan reafirmar una vez más que “la forma es el mejor contenido”.  

Hacía mucho tiempo que no encontraba esta motivación literaria. La vida de Julio y Emilia, de Anita y su marido, todo gira alrededor de libros, literatura e historias. Una historia sobre las historias. Así vivimos, así crecemos y así morimos.

La narrativa de Alejandro Zambra es poderosa, penetrante y nos traslada, con una simplicidad alucinante, a su pequeño mundo, lleno de sutilezas. Todos los amantes de la lectura llevamos algo de estos personajes dentro de nosotros, de alguna manera nos representan, éste es el sentimiento que me acompañó a lo largo de historia.

Bonsái, maceta, dibujo, café, literatura, clásicos, dinero, metro, Santiago, Madrid. Y la historia se va, termina. La muerte y un viaje sin destino.

Pero el bonsái sigue, crece, respira.

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