Relecturas

*Texto original publicado en  portugués en la revista Educação & Imagem, 2015. 

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En Meristemo no había autos ni motocicletas. Sus habitantes andaban en bicicletas, pero no necesitaban pedalear, porque el pueblo entero funcionaba con energía solar. Había una laguna grande, árboles, una panadería que ofrecía libros y una libroteca que ofrecía pan. Solamente llovía los jueves, desde las seis de la tarde hasta las seis de la mañana del viernes. Sus habitantes iban y venían, se aventuraban en sus bicicletas a vivir historias, historias mágicas.

“Meristemo, las bicis del Sol”, fue el primer libro que leí. Fue en el otoño de 1993, tenía 6 años y cursaba primer grado en una escuela de Concepción del Uruguay, en la provincia de Entre Ríos interior de Argentina, ciudad donde nací y crecí. Allí, las cuatro estaciones del año están bien marcadas y el calendario escolar las atraviesa una a una. Pero cuando pienso en Meristemo inmediatamente siento la brisa de otoño; tal vez porque sea la estación del comienzo de clases en Argentina, o quizás porque los recuerdos invaden nuestra memoria en un determinado espaciotiempo, llenos de texturas y olores.

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Este libro, con sus ilustraciones coloridas en acuarela, escrito en formato impresso, llegó con olor a lápiz nuevo y tierra mojada. El ejercicio de traer de vuelta el libro que acompañó mi infancia y que en parte me alfabetizó me llevó a pensar en dos cuestiones que hoy me interpelan como profesora-investigadora en educación:

En primer lugar,  mi proceso de alfabetización fue influenciado, en los años 90, por las corrientes psicolingüística de Emilia Ferreiro, sobre los mecanismos cognitivos relacionados a la lectura y a la escritura, que considera que los niños tienen un papel activo en la construcción de su propio conocimiento. Según la autora, la comprensión de la función social de la escritura debe ser estimulada con el uso de textos cotidianos, libros, historias, diarios, revistas. De este modo, como parte “obligatoria” de las inspiraciones que se ofrecían en el primer año de la escuela primaria, estaba la literatura, que caminaba de la mano con las prácticas cotidianas de lectura y escritura. No repetíamos lo que escuchábamos, interpretábamos lo que nos presentaban y viajábamos dentro de esas historias.

Esta reflexión me lleva directamente a la siguiente: ¿Cómo se dan, en la contemporaneidad, estas prácticas de lectura y narración de historias, con los nuevos desafíos de la cibercultura y el lenguaje hipermedial? Considerando que los que nacieron con la computadora y los dispositivos móviles, presentes en sus casas, poseen una percepción diferente de aquellos que como yo ya estaba alfabetizada en su llegada.

Estamos frente a una generación que se alfabetiza con las tecnologías digitales. Por esta razón la forma de leer, escribir, aprender y narrar sus historias también se modifica. Como relata Jorge Bastos moreno en su crónica Alice en el reino del iPad, su nieta Alice de 3 años de edad utiliza el iPad mejor que él, deslizando sus deditos ágiles para abrir los App de juegos, vídeos e dibujos que le interesan.

Muchos fueron los que anunciaron la muerte del libro impreso con la llegada de la era digital. Por otro lado, me apoyo en el pensamiento de Lucia Santaella que afirma que las diferentes generaciones de tecnologías conviven en la actualidad, siendo apropiadas por los usuarios a partir de sus perfiles cognitivos. En este sentido nos aventuramos en las posibilidades del presente, como Emília Ferreiro nos dice en su libro  Pasado y presente de los verbos leer y escribir: “Leer y escribir son construcciones sociales; cada época y cada circunstancia histórica dan nuevos sentidos a estos verbos” (p.13).

Así, si cada soporte que aparece en la historia de la humanidad exige nuevas funciones cognitivas para los lectores y escritores, es nuestra responsabilidad, como educadores, reflexionar y ampliar nuestros repertorios sobre las demandas y las prácticas actuales. En esta perspectiva, la cibercultura es nuestra cultura contemporánea, marcada fuertemente por la presencia de las tecnologías digitales en movilidad, y los libros digitales interactivos nos permiten incorporar otros elementos a la lectura tradicional, más allá de material impreso.

La llamada “literatura ampliada” es un género propio de la cibercultura, que integra sonidos, entrevistas, líneas del tiempo, mapas, diccionarios, ilustraciones interactivas y las más variadas informaciones en el lenguaje hipermedial de obras literarias.  The Fantastic Flying Books off Ms. Morris Lessmore, cortometraje del año 2011, adaptado para libro interactivo, en su versión de app incorpora hasta un piano para que los niños practiquen las notas musicales. De la misma manera la colección interactiva iPoe, del clásico escritor norteamericano Edgar Alan Poe, integra una excelente banda sonora a sus historias de terror, con manuscritos originales e ilustraciones interactiva de los personajes de sus cuentos.

Frente a estos dos ejemplos que permiten una lectura imersiva y ampliada, no puedo dejar de preguntarme: ¿Cómo sería Meristemo interactivo?

Sería igualmente mágico, no tengo dudas, porque el libro, impreso o digital, gana vida y  se completa cuando encuentra un lector intérprete. Y éste es el  mayor desafío para nosotros como educadores: la formación de lectores intérpretes.

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